En la lista de mejores inventos de la Humanidad, seguramente no aparecerá la aguja de coser, a pesar de que su invención fue crucial para nuestra supervivencia como especie.
Sí, quizá el fuego esté catalogado como el mejor invento de la historia, a pesar de que el fuego en realidad no fue inventado, sino descubierto. Internet es quizá la segunda maravilla creada por el ingenio humano, un invento que nos ha permitido estar intercomunicados y tener al alcance de nuestra mano toda la información del mundo. Pero hay un invento humilde, apenas insignificante, un detalle que cambió la historia y permitió que sobreviviésemos; ese invento es la aguja de coser.
Hubo varios momentos en nuestra historia en los que estuvimos al borde de la extinción, cuando un largo e inesperado invierno se abalanzó sobre nosotros hace miles de años. Nuestra especie era joven y el mundo cálido. Teníamos problemas por aquel entonces, muchos problemas seguramente, pero el frío no era uno de ellos; hasta que llegó el frío… Mucho frío.
Coincidir con otra persona, en el tiempo presente, y en el presente de nuestro tiempo, es difícil, no hace falta que lo diga.
Somos siete mil millones de personas en el mundo, siete mil millones de almas encarnadas en el momento presente, en este planeta, que es uno entre miles de millones de los que hay en el universo; en este universo, que es uno entre miles de millones de los universos que pueblan el cosmos.
Coincidir con otro es difícil…
El ser humano está formado por cien mil millones de átomos, que según se cree es el mismo número de estrellas que conforman nuestra galaxia, la Vía Láctea. Cien mil millones pueden parecer mucho, pero si nos adentramos en el mundo subatómico, entre átomo y átomo, solo hay ingentes cantidades de espacio vacío… Distancia y separatividad… Y es difícil que dos átomos coincidan, en espacio y tiempo.
Recientemente he publicado un nuevo libro, titulado Cuentos y desencuentros. Un libro compuesto por 30 relatos cortos de ficción, independientes entre sí y de temática variada.
Estoy muy contento con el resultado, ya que es mi primer libro de literatura de ficción, apto para todos los públicos y de un tamaño considerable (240 páginas).
En el libro hay relatos de amor, de desamor, de encuentros, de desencuentros, de historia, de filosofía, psicológicos, con simbolismo, mundanos, algunos que tratan sobre las pasiones humanas e incluso me atrevo con algunos relatos de ciencia ficción y de fantasía.
Como cada año, el Sol en su recorrido, llega a este punto invernal, a su momento más oscuro, al solsticio de invierno, donde, en el hemisferio norte, se produce la noche más larga, o el día más corto, según se mire.
Este día del año, 21 de diciembre, desde un punto de vista simbólico, es uno de los más importantes, y casi todas las culturas de todas las épocas, rinden homenaje a este día tan señalado.
La palabra «solsticio» deriva del latín sol sistere, y significa «sol quieto», y en este día, el Sol alcanza el apogeo de su caída; caída que comienza en el solsticio de verano, justo cuando llega a su cenit; como todo… Todo lo que alcanza su apogeo, cae inmediatamente, al igual que todo lo que alcanza su mayor caída, renace, y remonta el vuelo.
Sí, en este punto, el Sol ya no puede caer más bajo, y permanece durante unos días estático, sin moverse, quieto (solsticio), en una incertidumbre… ¿Seguirá cayendo?, ¿se parará eternamente?, ¿remontará…? Sí, después de tres días, en el amanecer del 25 de diciembre, siempre remonta, siempre renace, siempre comienza a elevarse y a acortar las noches (o alargar los días), tímidamente al principio, como niño, pero con fuerza y firmeza a medida que acaba el invierno. Sí, a partir de ese día comienza a ganarle el pulso a la oscuridad hasta que llega a su apogeo (el solsticio de verano), donde empieza a perder el pulso y la oscuridad comienza de nuevo a ganarle terreno. Esto sucede siempre, cada año, en un ciclo perfecto de renovación del tiempo.
Este año 2016, he sentido en mis propias carnes este viaje del Sol. Comencé a caer en verano, cuando el Sol estaba más alto y luminoso; y no fue una caída progresiva, no, fue una caída vertiginosa, casi en vertical. Fui cayendo durante semanas y meses, pensando que quizá no había fondo, que me había precipitado a los abismos más profundos. Pero siempre hay fondo, y la velocidad que había alcanzado, velocidad terminal por cierto, ya que no podía descender más deprisa debido al rozamientos con el aire, me empezaba a dar vértigo. Creía que cuando tocase fondo, el golpe sería mortal de necesidad.
Toqué fondo… Un poco antes del solsticio de invierno… Algo no cuadraba… El golpe fue monumental y sentí crujir todos mis huesos, al igual que un resquebrajo en mi corazón. Esperaba una herida más profunda, o era que tal vez mi cuerpo ya se había acostumbrado a las heridas en combate… Entonces descubrí lo que sospechaba, que no había tocado fondo todavía… Había ido a parar a un falso suelo, que se resquebrajó bajo mis pies para volver a caer en otra caída vertical.
Hoy sí he tocado fondo, hoy, en el umbral del solsticio de invierno, a la sombra de la noche más larga. El golpe ha sido tan doloroso que apenas me ha dolido… Mi cuerpo se ha desintegrado. Pero he visto, como otras veces a lo largo de mi vida, al ave Fénix que hay en mí salir de mi interior para preparar un pira con los restos de mi yo inferior. Con una chispa, procedente de mi corazón, se incendiará y se quemará durante los próximos días, para, en un nuevo amanecer, renacer de nuevo, más fuerte, bello y sabio que antes.
Así, me despido del 2016 con alguna cicatriz imborrable, pero con alegría, fe, esperanza y amor... Y espero al 2017 con fuerza renovada y con éxito asegurado.
No hay nada más doloroso que decir adiós a quien todavía quieres.
El adiós es algo definitivo, no es un «hasta luego», un «hasta otra» o un «hasta la vista».
Adiós significa despedirte, quizá para siempre, de alguien a quien amas, pues, ¿qué valor tiene decirle adiós a quien no amas?
«Adiós» es algo definitivo, a pesar de que se use habitualmente como algo no definitivo.
La palabra adiós deriva del «a Dios te encomiendo», de ahí su carácter lapidario.
El adiós tiene siempre el peso del «último adiós», que es solo uno, pues si así no lo fuera, sería un «hasta luego».
El adiós de las despedidas es doloroso y paradójico, pues a pesar de que algo se muere en nosotros cuando decimos adiós a quien queremos, esa persona vive por siempre en nuestro corazón, se vuelve eterna.
¿Quién no conoce el popular cuento de la lechera? Una fábula intemporal que describe la ambición y la fantasía del ser humano.
El cuento original es una fábula de Esopo, el genial fabulista griego cuyos cuentos han educado a cientos de generaciones. No obstante, la versión que más conocemos es la del escritor vasco Félix María de Samaniego, del siglo XVIII.
Este escritor, famosos por sus fábulas, fue también el alcalde de Tolosa (Gipuzkoa), pueblo en el que actualmente vivo.
Cada acción, por pequeña que pueda parecer, tiene sus consecuencias en el universo, y a modo de semilla potencial, florece algún día.
Todo lo que hacemos y decimos, incluso todo lo que pensamos según dicen algunos, regresa a nosotros de un modo u otro.
Con cada acción plantamos una semilla, que bien plantada y bien regada, suele dar un buen fruto. Hay semillas que incluso mal plantadas y mal regadas dan buen fruto igualmente, tal es la magnanimidad de la semilla (vida en potencia).
A veces desesperamos porque creemos que nuestros esfuerzos son en vano y caen en pozo vacío; creemos que nuestra acción no hace eco, no llega, no cala, no germina, no florece... Pero eso solo el tiempo y la providencia pueden testificarlo, pues el proposito de la semilla es germinar.
Hay semillas que germinan a los pocos días de ser plantadas; hay semillas empero, como el bambú, que tardan años en asomar sobre la superficie de la tierra.